Las vacas rumian. Y nadie se alarma por eso.
Comen. Se paran. Regurgitan. Vuelven a masticar.
Y solo cuando el proceso se completa… tragan.Rumiar, en ellas, es la forma inteligente que tiene su cuerpo de digerir bien.
Ahora míranos a nosotros.
Le damos vueltas a una conversación.
A un problema.
A algo que pasó hace días… o años.
Y vuelve.
Y vuelve.
Y vuelve.
A eso lo llamamos rumiación mental.
Y solemos pensar que el problema es la mente.
Pero… ¿y si no lo fuera?
La mente rumia cuando algo no ha terminado de ‘digerirse’.
Y muchas veces no se digiere porque el cuerpo no ha podido participar.
Apunta bien la frase:
Porque el cuerpo no ha podido participar.
Como si intentáramos hacer la ‘digestión’ SOLO con la cabeza.
A finales de los años 90, unos psicólogos hicieron un experimento muy simple.
No pidieron a nadie que pensara menos.
Ni que cambiara su diálogo interno.
Nada de eso.
Solo hicieron una cosa distinta.
¿Imaginas cuál?
Pues hicieron participar al cuerpo.
Y… la rumiación bajó.
No porque la mente callara.
Sino porque el cuerpo empezó a hacer su parte.
De esto va el artículo que acabamos de publicar en la web:
de rumiación, de cuerpo, de sistema nervioso…
y de por qué a veces no necesitamos pensar menos, sino ‘digerir’ mejor.
Para leer el artículo completo aquí ➡️ Seres rumiantes. Porqué la mente da vueltas cuando el cuerpo no puede digerir
En resumen:
dejemos que rumien las vacas.
Y demos al cuerpo humano un espacio para regularse.